El pasado abril se conmemoró el centenario de la finalización de una de las transformaciones más significativas del Puerto de Sevilla: la apertura de la corta de Tablada. Este ambicioso proyecto, concebido en 1903 y cuya inauguración tuvo lugar el 6 de abril de 1926, contó con la decisiva contribución del ingeniero Luis Moliní Ulibarri. Su labor redefinió la relación entre la ciudad y el río, consolidando a Sevilla como un puerto marítimo de interior y sentando las bases para el puerto contemporáneo y la expansión urbana hacia el sur.
Luis Moliní, nacido en 1848 en Requena (Valencia), llegó a Sevilla en 1895 tras dirigir importantes obras en los puertos de Málaga, Huelva y Almería. Al asumir la dirección del puerto sevillano, se enfrentó a desafíos considerables: problemas de navegación por meandros y bajos arenosos, muelles insuficientes para el tráfico creciente y la barra de Sanlúcar como obstáculo principal por su escaso calado. A pesar de ser el octavo puerto español en tonelaje, el de Sevilla requería una modernización para adaptarse a las exigencias logísticas.
Moliní priorizó la navegabilidad, impulsando la protección de márgenes y la adquisición de dragas avanzadas para la canalización. Estas mejoras permitieron la carga de buques de mayor capacidad, hasta entonces inimaginable. Su análisis de la barra de Sanlúcar fue crucial, promoviendo dragados y mejorando el acceso a la ría, además de implementar un sistema de balizamiento que supuso un avance técnico para la seguridad y modernización de las comunicaciones fluviales.
La obra cumbre de Moliní fue el 'Proyecto General de Mejora de la Navegación de la Barra, la Ría y el Puerto de Sevilla' (1903). Este plan sistematizó datos sobre el río y trazó las líneas maestras para el desarrollo portuario del siglo XX. Dentro de este proyecto, la corta de Tablada, un nuevo cauce artificial, eliminó el meandro de Los Gordales, reduciendo recorridos y facilitando el acceso de las mareas. Esta actuación transformó la geografía fluvial, trasladando la actividad portuaria hacia el sur y siendo clave para el desarrollo urbano ligado a la Exposición Iberoamericana de 1929.
A pesar de las considerables dificultades técnicas y económicas (equivalentes a unos 875 millones de euros actuales), Moliní inició la obra con determinación. En 1915, se jubiló por edad, pero el proyecto continuó bajo la dirección de José Delgado Brackenbury. La Junta de Obras del Puerto solicitó su continuidad como delegado administrativo, cargo desde el cual siguió participando en la gestión de tarifas y financiación de obras.
Luis Moliní falleció en Sevilla en 1923, poco antes de la inauguración oficial de sus proyectos. La ciudad reconoció su labor dedicándole la avenida Moliní, cerca del puente de Alfonso XIII. Sin embargo, su figura sigue siendo poco conocida, pese a ser uno de los artífices de la Sevilla portuaria contemporánea. Su legado permitió superar siglos de dificultades de navegación y abrió una nueva etapa económica para la ciudad. Se propone renombrar el actual muelle Norte de la dársena del Batán como “Muelle Ingeniero Luis Moliní” para perpetuar su memoria.




