El análisis, que contó con la participación de la Universitat Politècnica de Catalunya, utilizó imágenes de satélite y datos de cuatro estaciones meteorológicas cercanas. Los investigadores concluyen que una combinación de invierno excepcionalmente lluvioso que propició el crecimiento de la vegetación, seguido de meses de mayo y junio cálidos y secos, y dos olas de calor previas al fuego, dejaron el combustible en condiciones óptimas.
El 9 de julio, las llamas comenzaron junto a la N-340A, en la zona de Almocáizar, alrededor de las 16:40 horas. La primera tarde fue crítica, con vientos secos del suroeste de entre 20 y 30 km/h y una humedad relativa cercana al 15%. La temperatura máxima ese día alcanzó los 41,3 grados, valores máximos registrados en la zona en los diez días anteriores.
La potencia radiativa del fuego alcanzó un pico de unos 9.000 megavatios al final de la tarde del primer día, reflejando la rápida propagación y el consumo acelerado del combustible. La actividad disminuyó durante la noche, pero el 10 de julio, un cambio en la dirección del viento hacia el este-sureste facilitó el avance hacia una zona montañosa, impulsado por el terreno y el viento.
La energía total liberada se estima en unos 160 terajulios, la mayor parte concentrada en las primeras 24 horas. El informe de NERO destaca que este caso es representativo de cómo extremos climáticos encadenados pueden favorecer incendios de intensidad excepcional, desde el crecimiento de la vegetación en condiciones húmedas hasta su secado y posterior combustión rápida.
El equipo investigador, que incluye a Mario Miguel Valero Pérez (UPC), Kadir Alperen Coskuner (Universidad Técnica de Karadeniz, Turquía) y Theodore M. Giannaros (Observatorio Nacional de Atenas, Grecia), continúa el análisis con datos de campo para una reconstrucción más detallada.




