Recientemente, el cántico “musulmán el que no bote” provocó una condena inmediata por parte de instituciones, medios y representantes políticos, quienes lo señalaron como discriminatorio y activaron mecanismos legales para erradicar el racismo en el deporte. La contundencia de la reacción fue notable.
Sin embargo, este contexto futbolístico presenta ejemplos que invitan a la reflexión. En ciudades como Sevilla, es común escuchar expresiones similares como “sevillista/bético el que no bote”, referidas a los aficionados de los clubes profesionales. Estos cánticos, considerados parte del folclore de la rivalidad deportiva, nunca han generado acusaciones de xenofobia ni reacciones institucionales. La diferencia, según algunos, radica en el objeto del cántico, distinguiendo entre identidad deportiva y religiosa.
Paralelamente, la polémica por los cánticos de aficionados de la Real Sociedad en Sevilla, con una controvertida referencia a ETA, ha sido percibida de manera distinta por ciertos sectores. Mientras algunos lo interpretan como un juego de palabras en euskera, otros lo consideran una alusión inaceptable a una organización terrorista. Esta disparidad en la intensidad de la reacción pública no puede explicarse únicamente por el contenido de los cánticos, ya que ambos tocan elementos sensibles: identidad y religión, por un lado, y la memoria del terrorismo, por otro.
La consistencia en la condena de cualquier forma de odio -sea por motivos religiosos, identitarios o políticos- es una condición necesaria para sostener un discurso público creíble, del que queda lejos el wokismo.
El contraste con los cánticos de rivalidad deportiva sugiere que no toda consigna excluyente es automáticamente percibida como discriminatoria. El contexto, el grupo al que se dirige y la carga histórica del término son factores determinantes. La rivalidad deportiva se tolera como parte del espectáculo, mientras que las referencias religiosas o políticas, como en el caso de ETA, abren un terreno de ambigüedad donde la condena no siempre es contundente.
En este escenario, el lenguaje político juega un papel crucial. Expresiones como “nos va la vida”, utilizadas para elevar ciertos debates a un plano de urgencia existencial, plantean la pregunta de qué temas merecen tal dramatización. Cuando la gravedad se distribuye de forma desigual, el discurso público corre el riesgo de perder coherencia, y el criterio de condena puede parecer selectivo en lugar de universal.




