El cineasta sevillano Alberto Rodríguez (1971), conocido por obras como Grupo 7, La isla mínima, Modelo 77 y series como La peste, reconoce que sus habilidades como pelotero son limitadas, a pesar de sus esfuerzos por mejorar. Sin embargo, se consolida como un realizador de cine puntero, con tres premios Goya que, según confiesa, guarda su madre.
Rodríguez, miembro de la primera promoción de Imagen y Sonido de la Universidad de Sevilla, destaca la importancia de sus compañeros de facultad, con quienes aún colabora. A pesar de las crisis, ha optado por permanecer en Andalucía, buscando una vida tranquila frente al "enigma" de trasladarse a Madrid o Londres.
El director describe el sector cinematográfico andaluz como "algo mejor" de lo que era cuando empezó, mostrando un "moderado optimismo". Recuerda que en sus inicios se producía una película andaluza "cada muchos años", contrastando con la situación actual.
A pesar de su éxito profesional, que incluye la Medalla de Hijo Predilecto de Andalucía y la Medalla de Honor de la SGAE, Rodríguez confiesa no tener "ni idea de fútbol" aunque se declara "muy bético". Prefiere jugar "una pachanga" con su grupo habitual desde hace 20 años, y confiesa que su equipo inglés favorito es el modesto Leyton Orient, al que conoció durante el rodaje de su primera película en Londres.
Sobre la coincidencia del número 7 en títulos como 7 vírgenes, Grupo 7 y Modelo 77, explica que fue una mezcla de casualidad y elección temática. El año 1977, clave en Modelo 77, marcó un punto de inflexión.
Rodríguez se define como "un andaluz metido hacia dentro que encaja poco con el tópico", distanciándose de ciertos clichés culturales. Aunque no comparte la fe, muestra interés etnográfico por la Semana Santa y, a diferencia de algunos "culturetas", sí tiene carné de conducir, obtenido "el último día" a los 24 años.
El director admira películas como Blade runner y Vértigo, que ha visto "entre 12 y 14 veces". Sobre el cine español de épocas pasadas, como el de Alfredo Landa, reconoce su valor como "reflejo de un país" y su capacidad para "llenar cines".
A pesar de recibir reconocimientos como el Giraldillo de Honor, Rodríguez resta importancia a los premios, señalando que "al poco ya está olvidado" y que la "alegría que se llevan los demás ese día" es lo más destacable. Confiesa que "todos los premios acaban en casa de mi madre".




