El Teatro Infanta Leonor de Jaén es el epicentro de una experiencia única, donde el Concurso Internacional de Piano Premio Jaén se vive con la misma intensidad con la que se escucha. Durante las actuaciones, un silencio reverencial envuelve la sala, mientras en el vestíbulo, las pantallas transmiten en directo, permitiendo al público seguir cada nota que emana del interior.
Sin embargo, los descansos transforman el ambiente. El vestíbulo se llena de vida, con conversaciones en múltiples idiomas y reencuentros fugaces. Es un instante de liberación para los pianistas, una pausa necesaria antes de retomar la exigencia del escenario.
Entre los concursantes se encuentra Laura Ballestrino, originaria de Móstoles, quien debuta en esta edición. Su voz denota una mezcla de entusiasmo y respeto por la competición. Para ella, el Premio Jaén representa un anhelo de larga data, un certamen cuya fama la precede desde siempre.
“"Competir siempre es algo especial porque nos hace superarnos a los pianistas."
Ballestrino subraya que los días previos no son para un estudio frenético, sino para confiar en el arduo trabajo realizado durante meses. La clave reside en interpretar obras con las que se sientan cómodos y que hayan trabajado a lo largo de los años, convirtiendo esa familiaridad en un refugio ante los nervios. A pesar de la presión, su filosofía es clara: disfrutar y dar lo mejor de sí misma.
La perspectiva de Harrison Herman, pianista australiano residente en Madrid, es diferente. Esta no es su primera participación en Jaén, regresando cinco años después con una visión más pragmática. Describe el proceso como un camino de “mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho sudor y muchos kilos perdidos”, con una preparación que se extiende entre seis y ocho meses.
“"Estoy aprovechando los últimos años que me quedan de concursos."
La elección del repertorio es una decisión estratégica, buscando interpretar las obras que mejor se dominan, aunque reconoce que algunas piezas pueden ser “más efectivas” en el contexto de un concurso. Mientras Herman se inclina por el cálculo, Ballestrino se conecta con la música desde lo emocional, interpretando piezas que siente como propias. Esta dualidad entre la técnica y la emoción define la experiencia de todos los participantes.
Más allá de la competición, el Premio Jaén es un espacio de convivencia e intercambio cultural. Los concursantes, procedentes de diversas partes del mundo, comparten un recorrido común: meses de preparación, decisiones difíciles, nervios previos a la actuación y ese momento irrepetible frente al piano. Al final, el concurso trasciende la mera competición, convirtiéndose en un escenario donde cada pianista expone su técnica y su carácter, en un ambiente donde el silencio y el bullicio marcan el ritmo invisible del certamen.




