El inicio del mes de mayo ha transformado Granada en un epicentro de festividad, con las Cruces de Mayo como protagonistas. Durante varios días, la ciudad ha vibrado con la presencia de visitantes y locales que han llenado plazas y patios, disfrutando de una tradición que combina música, reencuentros y la singularidad de la cultura granadina.
El calendario, con el festivo del Día del Trabajo y un lunes no lectivo, propició un puente que impulsó la afluencia. La hostelería anticipa cifras positivas, y las cruces, organizadas por hermandades, asociaciones y colegios, registraron una asistencia masiva, un logro significativo tras años de incertidumbre para la celebración.
La festividad ha superado una década de desafíos, especialmente en los años 2000, cuando la masificación, el consumo descontrolado de alcohol y la falta de civismo amenazaron su continuidad. Decisiones como la prohibición de barras impulsaron una reinvención, resultando en la vitalidad actual con más de 50 cruces y una mayor participación.
“"Es una fiesta que se siente y que habla de los granadinos."
Sin embargo, el éxito también ha revelado puntos críticos. El tránsito por zonas como Bib-Rambla o la Plaza de las Pasiegas se volvió complicado, con colas y accesos colapsados. Se observó consumo de bebidas en lugares no autorizados y, a primera hora de la mañana, algunas áreas presentaban suciedad y restos, a pesar del considerable esfuerzo de los servicios de limpieza y seguridad.
La situación subraya la importancia de la responsabilidad individual. La fiesta no solo la disfrutan los asistentes, sino que la construyen quienes dedican semanas a montar y decorar las cruces, creyendo en una tradición que va más allá del ocio. Granada demuestra su capacidad para ser un destino atractivo, pero el equilibrio entre cultura, ocio y tradición es frágil y requiere un compromiso colectivo para evitar retrocesos.




