Estos autores, movidos por la curiosidad romántica, el interés histórico o el afán costumbrista, contribuyeron a forjar una imagen evocadora de la ciudad, estrechamente vinculada al vino, su paisaje y la riqueza de sus tradiciones. Sus obras, a caballo entre la crónica y la creación literaria, ofrecen una perspectiva única de la evolución de Jerez.
Entre los testimonios más antiguos, destaca el naturalista catalán Joan Salvador, quien en su diario Viatge d’Espaya i Portugal (1716-1717) describió su breve estancia en la ciudad. En su relato, Jerez aparece como una urbe próspera, con calles amplias y una plaza notable, asentada en tierras fértiles.
Ya en el siglo XIX, el Padre Luis Coloma (1851–1915) plasmó en su obra Solaces de un estudiante (1871) un "cuadro de costumbres españolas" ambientado en su ciudad natal. La obra, una colección de relatos breves, describe la vida cotidiana y los tipos humanos de la época, con un marcado carácter observacional y moralizante. En ella, el autor retrata personajes como Próspero Pinillos, un joven jerezano que regresa de Londres, y el singular Mr. Snuff, un inglés afincado en Jerez.
Otro viajero del siglo XIX, el santanderino Amós de Escalante (1831–1902), dedicó un amplio capítulo a Jerez en su obra Del Manzanares al Darro (1863). Escalante describe una ciudad "fastuosa y opulenta", donde los hábitos comerciales y sociales presentaban un aire "más inglés que español". Su atención se centró en las bodegas, a las que calificó de "monumentales y magníficas", destacando la destreza de los escanciadores.
“"Si hay algún pueblo feliz en el planeta que habitamos, es sin duda Jerez de la Frontera."
A principios del siglo XX, el valenciano José Sanchis Sivera (1867–1937), bajo el seudónimo de Lázaro Floro, ofreció una visión entusiasta de Jerez en De Valencia a Cádiz (1901), ensalzando la esplendidez y el buen gusto de sus habitantes. Más tarde, Federico García Sánchiz (1886-1964) en El viaje a España. Andalucía y Extremadura (1929) se detuvo en aspectos como el cante jondo y la influencia inglesa en las bodegas jerezanas.
Finalmente, el sevillano Alfonso Grosso (1928-1995), en su antología Andalucía, un mundo colonial (1972), dedicó un apartado a Jerez, describiendo la calle Larga, los betuneros y los tabancos, locales donde se despacha vino a granel y que, según él, "están llenos a todas horas de un mundo variopinto y abigarrado donde se encuentran todas las categorías sociales".




