La obra, que parte de un cadáver en Puerto Sherry y la desaparición de una mujer de la alta sociedad, se adentra en cuestiones filosóficas sobre cómo la belleza nos domina y cómo su reparto desigual genera una injusticia fundamental en la experiencia humana.
Delfín, que cita a Rilke en el preámbulo, señala que la belleza, más que nunca presente en la era de las redes sociales y la "juventud obligatoria", es el "comienzo de lo terrible" porque nos fascina al superarnos, recordándonos nuestra fragilidad.
El protagonista, Víctor Ros, se aleja del arquetipo del detective perfecto. Es un antihéroe "quijotesco y sentimental", vulnerable y "casi enfermo de sensibilidad", que padece el caso más que dominarlo, mostrando una devoción por la belleza que lo deja indefenso.
La novela también aborda la venganza y los bajos instintos, sugiriendo que el mal, como la envidia o la mentira, está "repartido de forma bastante democrática" y puede ser activado por aquello que admiramos o no podemos poseer.
Con referencias a la Guerra Civil, Krasny Bor y el penal de El Puerto, Delfín busca "recordar que bajo cualquier bandera hubo personas concretas" que sufrieron, amaron o intentaron sobrevivir, promoviendo heredar memoria sin odio.
El Puerto de Santa María se erige como un personaje más, un escenario de "luz, mar, vino", pero cuya belleza contrasta con la "oscuridad de la trama", haciendo la trama "más perturbadora".
Firmando como Jules Golemann, un "juego" y una "máscara literaria" tras una vida dedicada al Derecho, Delfín espera que los lectores se lleven "algo más que un thriller", una reflexión sobre la "belleza, la culpa, la memoria y la resistencia" frente a las adversidades.




