El fondo marino de Almería y del Mediterráneo es un escenario donde coexisten peligrosos explosivos sin detonar y un rico patrimonio histórico. La Armada española se encarga de la vigilancia de este entorno subacuático, donde cada año se localizan y neutralizan numerosos artefactos.
Desde la dotación del Cazaminas Tajo, que participa en el ejercicio MARSEC-26 en aguas de Almería, se explica que estos artefactos, como minas a la deriva, proyectiles y morteros, muchos de ellos de la Guerra Civil, no son solo historia, sino un riesgo latente. La media anual de desactivaciones ronda las 50, lo que subraya la necesidad de una vigilancia ininterrumpida.
El 80% de los tesoros submarinos no se sabe ni dónde están.
El origen de estos explosivos se remonta a conflictos bélicos o maniobras militares de hace décadas. La preocupación radica en que permanecen activos y, en ocasiones, son arrastrados a zonas costeras frecuentadas, convirtiéndose en un problema de seguridad ciudadana. El proceso de detección, identificación y neutralización o traslado a un lugar seguro implica el uso de sonares, vehículos submarinos y buceadores especializados.
Más allá del peligro, el mar también custodia un vasto patrimonio. Los sonares permiten descubrir desde estructuras desconocidas hasta barcos hundidos, algunos de ellos de gran interés arqueológico, como pecios romanos con ánforas. La vigilancia de estos sitios busca prevenir el expolio y documentar su estado.
Aunque se reconoce la existencia de «tesoros» sumergidos, la mayoría de ellos, aproximadamente el 80%, aún no han sido localizados. Los identificados, por su parte, suelen encontrarse a profundidades que dificultan su acceso, requiriendo equipos técnicos avanzados y buzos con formación específica.
El trabajo en las profundidades marinas presenta desafíos extremos para el cuerpo humano. A partir de los 40 metros, el aire se vuelve narcótico y el oxígeno tóxico, pudiendo causar convulsiones. Por ello, los buzos utilizan mezclas de gases especiales, sustituyendo el nitrógeno por helio y ajustando el oxígeno según la profundidad. La visibilidad reducida y las fuertes corrientes complican aún más estas operaciones, donde cualquier incidente se magnifica en el entorno acuático.




