La Orquesta Ciudad de Granada tuvo el privilegio de contar con la batuta de Heinz Holliger, quien demostró su maestría en la dirección al extraer sonoridades controladas y complejas de la formación. El programa, cuidadosamente seleccionado por Holliger, estableció un diálogo entre la depuración clásica de Franz Schubert y la tensión constructiva de Arnold Schoenberg, abordando la transformación del lenguaje sinfónico en el umbral de la modernidad.
La presencia de Holliger en Granada se percibió como una auténtica lección magistral. Su reconocida trayectoria como director se ha centrado en la clarificación de los lenguajes del siglo XX, especialmente en la Segunda Escuela de Viena, combinando un rigor analítico con una profunda sensibilidad tímbrica. Su enfoque de Schubert, por otro lado, se caracteriza por una depuración del discurso que evita tanto la sobrecarga expresiva como la trivialización estilística.
En la primera parte, la Sinfonía de cámara núm. 1 op. 9 de Arnold Schoenberg, interpretada con una plantilla instrumental ampliada, reveló la continuidad entre la herencia formal clásica y los procedimientos de variación constante. La ejecución de la OCG, bajo la dirección de Holliger, destacó la progresiva suspensión de la jerarquía tonal sin disolverla por completo, situando la obra en el espacio intermedio que Schoenberg habitó a principios del siglo XX. La precisión de los solistas de la OCG evidenció la elevada calidad de la orquesta.
Las Seis pequeñas piezas para piano op. 19 de Schoenberg, en el arreglo orquestal del propio Holliger, concentraron en su brevedad la economía de medios y la condensación expresiva del compositor. La orquestación de Holliger funcionó como un mecanismo de diferenciación tímbrica, definiendo cada gesto musical con precisión y resaltando el carácter aforístico de estas miniaturas.
La segunda parte del concierto presentó la Sinfonía núm. 5 en Si bemol mayor D. 485 de Franz Schubert, interpretada desde una perspectiva que enfatizó su arraigo en la tradición clásica. La reducción de la plantilla orquestal permitió una textura ligera y una claridad de líneas motívicas. El Allegro inicial se desarrolló con un pulso estable, mientras que el Andante con moto, el núcleo expresivo, fue abordado con contención, destacando la inflexión melódica y el color instrumental. El Menuetto y el Allegro vivace final resolvieron la obra con un equilibrio tímbrico y un empaste orquestal impecables.
En su conjunto, la interpretación de este programa ecléctico delineó un juego de arcos melódicos y motivos contrastantes, donde las obras se presentaron como momentos de un mismo proceso histórico y estético, haciendo comprensible la transformación del lenguaje musical en sus diferentes grados de explicitación.




