La historia de Paco Montero, nacido en El Zapillo el 19 de abril de 1945, es la de un talento innato que se forjó en las calles y patios de colegio de Almería. Su habilidad con el balón lo llevó a ingresar en el Hispania FJ con solo 13 años, donde ya destacaba por su técnica y visión de juego, compitiendo con jugadores de mayor edad.
En 1963, la familia de Montero se trasladó a Vic, donde su progresión continuó, debutando en Tercera División. Un año después, en 1964, el Real Madrid lo fichó, incorporándolo a los entrenamientos del primer equipo bajo la dirección de Miguel Muñoz. Durante esta etapa, Montero tuvo la oportunidad de aprender de figuras como Manolo Velázquez, quien se convirtió en un mentor para él. A pesar de su calidad y disciplina, la falta de minutos oficiales en el club blanco lo llevó a una serie de cesiones.
Su carrera estuvo marcada por lesiones inoportunas, como una fractura de antebrazo mientras jugaba en el Rayo Vallecano, que lo mantuvo diez meses alejado de los terrenos de juego. Pasó por equipos como la U.D. Sanz, Terrassa y Figueras, y en 1970 logró un ascenso a Segunda División con el Nástic de Tarragona.
Su carrera pudo ser otra, pero su actitud lo mantuvo siempre en primera línea del esfuerzo.
En 1972, con 27 años, Paco Montero regresó a su tierra natal para unirse a la Agrupación Deportiva Almería, presidida por su amigo Ángel Martínez. Durante seis temporadas consecutivas, se convirtió en un pilar fundamental del equipo, participando en promociones de ascenso y compartiendo vestuario con jugadores que hicieron historia en el fútbol almeriense. Su esfuerzo culminó con el ascenso a Segunda División en la temporada 1977-78. Finalizó su carrera deportiva en el Poli Ejido en 1979.
Paralelamente a su carrera futbolística, Montero construyó una vida laboral ejemplar en el Centro de Experiencia Michelin, donde trabajó durante treinta años. En el ámbito personal, formó una sólida familia junto a Encarna Martínez, con quien se casó en 1972, y tuvieron tres hijos: Encarni, Francisco y Javier. Su legado es sinónimo de calidad, humildad y respeto, tanto en el deporte como en su vida personal y profesional.




